Domingo XXVIII: JESÚS, POBRES, Y ALEGRÍA



El lector lo proclamará como dicho por él, y tú lo escucharás como dicho de ti: “En comparación con la sabiduría, tuve en nada la riqueza”.

Sea que el hombre busque la sabiduría, sea que busque la riqueza, ése es negocio que se hace siempre en la hondura del corazón.

He dicho “sea que el hombre busque”; pudiera haber dicho sea que ame, sea que sirva, sea que adore: siempre será el corazón lugar de su culto o de su idolatría; en el corazón se lleva lo que se busca, lo que se ama.

La fe es una cuestión de corazón, de bienes y de Dios. La pregunta ineludible para el creyente es si amo a Dios con todo el corazón, o si llevo en el corazón lo que no es Dios; si Dios es mi riqueza, o si la riqueza es mi dios; si Dios es mi todo, o si todo es mi dios.

Bajo esta luz podemos considerar el evangelio de este día. El escenario es un camino, en el que se cruzan un joven y Jesús. Lo que los discípulos ven y oyen, es lo que sucede en el camino. Pero lo decisivo sucede en los corazones. Esto es lo que hay en el de Jesús: “Se le quedó mirando con cariño y le dijo: _Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego sígueme”. Y esto es lo que había en el corazón del joven: “Él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”.

Con el lector, tú dijiste: “En comparación con la sabiduría, tuve en nada la riqueza”, y,  a una con el salmista, pediste saciarte de misericordia, para llenar la vida de alegría y júbilo.

Pediste la misericordia, te apegaste a la sabiduría, escuchaste la palabra de Dios para cumplirla, recibiste a Cristo para seguirlo, y, con Cristo, entraron en tu vida los pobres para acudirlos. Pediste y conociste una alegría que sólo Dios puede dar.

Si con el joven del evangelio hubieses preferido tus bienes a Jesús, te irías rico, pero sin Jesús, sin pobres, sin alegría.

Estas cosas se deciden en el corazón.

Feliz domingo.

Domingo XXVII: "SERÁN LOS DOS UNA SOLA CARNE"

Antes de hablar del hombre y de la mujer, antes de pensar en el misterio de comunión al que el amor los ha de llevar, la Iglesia considera y admira el misterio de su comunión con Cristo Jesús.
En verdad, el amor ha traído a Cristo a nuestra vida y lo ha hecho uno con nosotros, de modo que, unidos a él, en él fuésemos justificados, en él fuésemos agraciados, en él fuésemos santificados, en él fuésemos glorificados.
¡Admirable comunión, admirable intercambio!: El Señor comulgó con nuestra debilidad, con nuestra pobreza, con nuestra muerte; nosotros comulgamos con su fuerza, con gloria, con su vida.
El vínculo que une a Cristo con su Iglesia es indisoluble, es para siempre el amor que se han declarado.
De este misterio de amor y comunión es sacramento la Eucaristía que celebramos y que recibimos, pues en ella, es de Cristo y de la Iglesia la acción de gracias, es de Cristo nuestra alabanza, es de Cristo nuestra súplica. Cristo no se separa de la Iglesia en la oración. Y la Iglesia no se separa de Cristo en el cántico de alabanza que resuena eternamente en el seno de la Trinidad Santa.
De esa comunión entre Cristo y la Iglesia, que conocemos por la fe y celebramos en la Eucaristía, es imagen real y verdadera la unión que el amor establece entre el esposo y la esposa. La unión matrimonial ahonda sus raíces en la comunión del Hijo de Dios con nosotros por la encarnación y en la Eucaristía.
Feliz Eucaristía. Feliz comunión con Cristo. Feliz domingo.

Domingo XVI: APARTA DE TI LO QUE TE APARTA DE CRISTO, LO QUE APARTA A CRISTO DE TI


“¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!” Detrás de las palabras de Moisés intuimos la llama de un deseo, el vuelo de una esperanza, la imagen imprecisa de un sueño: ¡Quién nos diera pertenecer a un pueblo de profetas, de hombres y mujeres que han recibido, todos, el Espíritu del Señor!
¡Ojalá todo el pueblo del Señor guardase en el corazón la ley del Señor, en las entrañas la voluntad del Señor, en la mente los mandatos del Señor, en la vida la memoria del Señor! 
 
¡Ojalá todo el pueblo del Señor guardase en el corazón a Cristo Jesús, en las entrañas a los pobres de Cristo, en la mente las palabras de Cristo, en la vida los sufrimientos de Cristo!

Antes, él nos ha guardado a nosotros en su cuerpo, nuestro Dios y Señor ha hecho comunión con nosotros y nos ha metido en un plural de pronombre personal, que no es sólo suma de pecadores, sino que lleva dentro también al que es para todos la gracia, el perdón, la justificación, la santidad: “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”. El que no está contra nosotros, está a favor de Jesús, a favor de los discípulos, a favor de los pequeños que creen. El que dé a beber un vaso de agua al discípulo, no quedará sin recompensa, pues habrá dado de beber al Señor. Y el que escandalice a uno de los pequeños que creen, habrá profanado el cuerpo de Cristo.

Considera esa comunión tuya con Cristo, de Cristo contigo, y entenderás lo que quieren decir las palabras del Señor: “si tu mano te hace caer, córtatela… si tu pie te hace caer, córtatelo… si tu ojo te hace caer, quítatelo”. ¿Cómo puede la mano, el pie, el ojo, hacerme caer? ¿Cómo pueden apartarme del Señor? El apóstol nos ayuda a entender y da nombre a lo que hemos de apartar de nosotros: riquezas injustas, jornal defraudado, vida de lujo, servidumbre del placer.

Hoy recibes a Cristo; recuerda sus palabras: “Si tu mano te hace caer…”. Aparta de di lo que te aparta de Cristo, lo que aparta a Cristo de ti.